Batiscafo: La espada y el sombrero 

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Por Jorge Gómez
9 de julio de 2024

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Batiscafo: La espada y el sombrero

¿Ha habido en Colombia un momento de la historia en que una lucha armada haya sido válida y haya transformado positivamente la vida de sus gentes? Buena pregunta diría un académico y en mi opinión y estoy seguro que en la de la mayoría de los colombianos, la respuesta contundente es SÍ. Una de ellas fue el levantamiento en armas encabezado por Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander para repeler la sangrienta reconquista de la Nueva Granada por parte del colonialismo feudal español.

 

Ante la decisión de crear una nación soberana, después de prolongados episodios de resistencia civil contra el imperio feudal español en 1810, la decadente potencia colonial emprendió una salvaje y sangrienta reconquista en 1815 y nuestros libertadores crearon un ejército, una fuerza armada para impedirlo, y finalmente triunfaron.

 

Ese es el valor real de la espada de Bolívar, la lucha por la soberanía nacional al frente de un ejército de patriotas en un entorno caracterizado por una correlación favorable de fuerzas, una enorme unidad nacional, un estado de ánimo combativo de prácticamente toda la población y la absoluta incapacidad de la Corte de Madrid de mantener un poderoso contingente armado en estas “indias occidentales”.

 

Cerca de siglo y medio después, ya en la época en que se había disuelto la Gran Colombia, y que uno de sus vástagos, Colombia, se había convertido en una neocolonia de los Estados Unidos, irrumpe en el escenario nacional, entre muchísimas corrientes inconformes con la dictadura del Frente Nacional, una que coloca de forma esquemática la lucha armada como mecanismo paradigmático para la superación de todos nuestros males.

 

Con una errónea interpretación de lo que había sucedido en Cuba en 1959 y con endebles argumentos, que hicieron carrera entre muchos de los jóvenes rebeldes de la época, surgieron no uno, ni dos, sino múltiples grupos armados con el alegado propósito de tomar el poder y llevar a cabo tareas inconclusas de la primera revolución de independencia del siglo XIX.

 

Las dos tesis centrales que sustentaron las variadas aventuras armadas, consistían en que primero, el inicuo estado de cosas imperante era tan aberrante, que justificaba y daba sustento ético a cualquier levantamiento armado y segundo, que eran tan insoportables la pobreza, la injusticia y la antidemocracia, que una vez un grupo de valientes levantara el fusil contra el establecimiento, todo el pueblo se volcaría tras de ellos.

 

Nada más distante de la realidad. Más de medio siglo después de la aparición, difusión y puesta en práctica de esas tesis, sintetizadas inicialmente por el francés Regis Debray, la práctica ha demostrado que un levantamiento armado de esa naturaleza, no solo estaba condenado al fracaso, sino que ha causado irreparables daños a los auténticos anhelos de cambio de las gentes.

 

En el furor de esas narrativas, una de las tantas expresiones de esa enfermedad infantil del “izquierdismo”, es el M19, que irrumpe en el escenario nacional con el robo de la espada de Bolívar, como acto propagandístico para dar a conocer ese movimiento; facción cuyo programa de lucha apenas alcanzaba para proponer algunas reformas cosméticas al statu quo. En apariencia se trataba de simple e inofensivo evento de propaganda.

 

Luego sus acciones devinieron en secuestros, extorsiones y finalmente en el holocausto del Palacio de Justicia. Todo lo anterior, para terminar pactando una paz con el Gobierno de Virgilio Barco, y luego adherir a una Asamblea Constituyente que reforzó y puso al día la estructura neocolonial que ha asfixiado a Colombia desde los albores del siglo XX.

 

Es esa Asamblea la que adopta las exigencias de la recolonización imperialista de finales de los años 80 del siglo pasado, ordenadas por el famoso “Consenso de Washington”: apertura económica, flexibilización laboral y privatizaciones. Todo adornado y justificado con algunas concesiones de tipo participativo plasmados en la nueva carta magna de 1991.

 

Hoy está en el centro de la noticia y el debate, el reconocimiento como bien cultural de la Nación, que hizo esta semana el Ministerio de Cultura al sombrero que usara Carlos Pizarro, uno de los lideres históricos de la guerrilla abrileña, quien fuera asesinado cuando era candidato presidencial.

 

Somos testigos de la exigencia que hizo el presidente Petro en el acto de su posesión, de ubicar la urna con la espada de Bolívar en la tribuna en que se llevaba a cabo ese acto. Ambos adminículos, la espada y el sombrero, reivindicados por el mandatario y sus corifeos, como símbolos de paz.

 

Justificación bastante peregrina pues, esa paz, fue pactada después de un levantamiento armado que nunca se ha podido justificar, le hizo profundos daños a la necesaria transformación de Colombia, ha cobrado valiosas vidas de compatriotas, daños a nuestra infraestructura y economía, pero, sobre todo, del que jamás sus protagonistas, empezando por el propio Gustavo Petro, han hecho acto de contrición alguno o expresado o insinuado algún tipo de autocrítica.

 

Que la espada de Bolívar conserve su sitial de símbolo de la unidad nacional en defensa de la soberanía y de una guerra, no solo justificable, sino también victoriosa y positiva para el país y que al sombrero de Pizarro se le dé el significado verdadero: símbolo de la aventura provocadora y dañina de una “izquierda” infantil.

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