Las elecciones al Congreso de la República del pasado 8 de marzo de 2026 volvieron a poner sobre la mesa una realidad persistente: la diáspora colombiana quiere participar, pero el diseño institucional y logístico del voto en el exterior sigue siendo insuficiente. Aunque el número de colombianos habilitados para votar fuera del país continúa creciendo, la participación efectiva permanece baja, no por apatía política, sino por barreras estructurales que el Estado colombiano no ha resuelto.
Para 2026, la Registraduría Nacional del Estado Civil habilitó a más de 1,25 millones de colombianos residentes en el exterior, distribuidos en 253 puestos de votación en 67 países, con un calendario ampliado entre el 2 y el 8 de marzo para facilitar la participación en distintos husos horarios. Sin embargo, solo alrededor de 220.000 personas votaron, lo que equivale a una participación cercana al 17 % del censo exterior. En comparación, en las elecciones de 2022 el censo en el exterior era menor (alrededor de 900.000–970.000 personas habilitadas), pero la participación proporcional fue más alta, situándose entre 25 % y 31 % según el tipo de elección. La lectura es clara: Un electorado en crecimiento, una participación limitada.
Esta realidad evidencia que, aunque el voto en el exterior existe formalmente, no todos los colombianos en el exterior tienen las mismas condiciones para ejercerlo, es decir, la participación del voto colombiano en el exterior no es homogénea. Está fuertemente concentrada en algunos países y ciudades donde existen consulados con mayor capacidad instalada, mientras que en otros contextos votar implica recorridos de cientos de kilómetros, costos económicos y pérdida de jornadas laborales. El voto en el exterior está enmarcado en tres realidades: Concentración, dispersión y desigualdad territorial, veamos algunos ejemplos:
- Estados Unidos y Canadá concentran una de las mayores comunidades colombianas. No obstante, la extensión territorial de estos países hace que muchos votantes deban viajar largas distancias para llegar a un consulado.
- En España, Francia y Alemania, la participación es mayor en términos absolutos, pero persisten problemas de filas largas, pocas mesas y saturación, especialmente en grandes ciudades.
- En Inglaterra (Reino Unido), las dificultades logísticas —mesas insuficientes frente a la demanda— han sido documentadas desde procesos anteriores y se repitieron en 2026.
- En países como Australia, donde la comunidad colombiana es menos numerosa pero altamente dispersa, la participación es baja no por falta de interés, sino por acceso extremadamente limitado.
Para entender mejor el fenómeno, es clave comparar la participación colombiana con la de países que cuentan con democracias consolidadas y sistemas electorales más robustos. Esta comparación permite desmontar una idea frecuente: que la baja participación es exclusiva de Colombia.
- Canadá registró una participación del 62,6 % en las elecciones federales de 2021 y cerca del 69 % en 2025. Es decir, 3 de cada 10 canadienses no votan, aun con voto anticipado y amplias facilidades.
- Estados Unidos, en las presidenciales de 2024, alcanzó entre 63,7 % y 65,3 % de participación. A pesar del voto por correo y la movilización masiva, más de un tercio del electorado se abstuvo.
- España, en las elecciones generales de 2023, tuvo una participación cercana al 70 %, lo que implica que el 30 % no votó.
- Alemania, uno de los casos más sólidos de Europa, alcanzó un 82,5 % de participación en las elecciones federales de 2025, dejando aun así a casi uno de cada cinco electores por fuera.
- Reino Unido, en las elecciones generales de 2024, registró apenas 59,7 %, una de las cifras más bajas de Europa occidental.
- Francia, en las legislativas de 2024, alcanzó un 66,7 %, tras un repunte importante frente a 2022, pero manteniendo una abstención de un tercio del electorado.
- Australia es la excepción: con voto obligatorio, la participación supera el 90 % de manera constante.
La conclusión es contundente: la abstención es un fenómeno global, incluso en democracias con altos estándares institucionales. La diferencia clave no es cultural, sino institucional: los Estados que reducen barreras, diversifican modalidades de voto y acercan las urnas a la ciudadanía logran mayores niveles de participación. En el caso colombiano, especialmente en el exterior, la abstención no puede interpretarse como desinterés político. La diáspora ha demostrado una y otra vez su voluntad de participar: campañas autogestionadas, redes de voluntarios, testigos electorales y movilización comunitaria lo confirman.
Así lo hizo nuestro partido Dignidad y Compromiso en las pasadas elecciones con la candidatura a la Cámara de Representantes por la circunscripción Internacional de Litza Mayorga, que logró más de 4.500 votos en esta circunscripción, en un contexto de alta dispersión territorial y fuertes limitaciones logísticas para el voto en el exterior. Más allá de la cifra, relevante en un escenario marcado por la polarización y las maquinarias políticas, esta experiencia representó una de las apuestas organizativas más sólidas y articuladas de la diáspora en los últimos años. Su campaña, construida de manera transnacional, colectiva y descentralizada, se sostuvo en equipos de trabajo, voluntariado y redes de testigos electorales, demostrando que los colombianos en el exterior no solo quieren participar, sino que tienen la capacidad política, técnica y humana para organizarse, incidir y disputar representación, incluso en condiciones adversas. Esta votación expresa una señal clara: cuando hay proyecto, mensaje y organización, la diáspora responde.
Una democracia que debe llegar más lejos
La participación política de los colombianos en el exterior no es un favor del Estado, es un derecho constitucional. La brecha entre ese derecho y su ejercicio efectivo sigue siendo amplia. Mientras la diáspora continúa creciendo y organizándose, la Cancillería y la Registraduría no han avanzado al mismo ritmo en soluciones estructurales que garanticen un acceso real y equitativo al voto. La lección es clara: la voluntad está del lado de la ciudadanía. Ahora corresponde al Estado colombiano modernizar, facilitar y garantizar que votar desde el exterior deje de ser una carrera de obstáculos y se convierta, finalmente, en un derecho plenamente ejercible.
La experiencia de 2026 refuerza una pregunta inevitable: ¿es tiempo de avanzar hacia el voto digital para los colombianos en el exterior? Colombia ya dio un paso importante al digitalizar la inscripción y actualización del puesto de votación, pero el acto de votar sigue siendo exclusivamente presencial. Para una población dispersa en más de 60 países, esta limitación resulta anacrónica. Sin desconocer los debates sobre seguridad, auditoría y confianza, la evidencia comparada sugiere que pilotos bien diseñados y transparentes podrían reducir de manera significativa las barreras actuales, especialmente en países con comunidades pequeñas o alejadas de consulados.
Desde la diáspora, nosotros haremos lo que nos corresponda: ejercer control político a quienes tengan responsabilidad en esta materia, promover y acompañar veedurías ciudadanas, impulsar proposiciones y debates en los espacios institucionales disponibles, mantener el tema en la agenda pública y movilizar a la diáspora hacia acciones colectivas que fortalezcan la participación política y la defensa de nuestros derechos. La democracia también se construye desde fuera del territorio nacional, con organización, vigilancia y acción sostenida.
Finalmente, y aun en medio de las dificultades, vemos con esperanza una participación creciente del voto en el exterior. Este momento nos plantea un gran reto colectivo: poner toda nuestra energía, aprendizaje y compromiso al servicio de una opción democrática que convoque al país más allá de los extremos y de los populismos que tanto daño han causado al país respaldando a Sergio Fajardo para la Presidencia y a Edna Bonilla para la Vicepresidencia. Con organización, convicción y trabajo conjunto, haremos que la voz de quienes votamos desde fuera refleje una apuesta responsable por el futuro de Colombia.

