Las relaciones entre cercanos, con frecuencia son más conflictivas que con distantes. Los puntos comunes, más que acercar, pueden alejar. La familia es un escenario clásico de lo dicho: se comparte mucho, desde historia y afectos, hasta elementos materiales de la vida, lo que hace que se esté más cerca y esa cercanía, que no es solo física, aumenta las posibilidades de roces y de diferencias. Esa circunstancia, que se da entre familias, también se da entre grupos más amplios; las tensiones entre regiones son prueba de ello.
Cuando se haya originado o se esté originando un conflicto, es fundamental enfrentarlo rápidamente pues tiene la capacidad de autoalimentarse y lo que inicialmente era manejable, deja de serlo. En toda relación entre personas o grupos, es posible, aunque no siempre es fácil, encontrarle salida a las diferencias, para que no haya ni vencedores ni vencidos, sino el logro de una solución equilibrada y justa para las partes, que permita no solo superar las diferencias sino inclusive, crear las condiciones para que ésta no se vuelva a repetir.
Históricamente Ecuador y Colombia, por su historia y cercanía geográfica, por su población y recursos, han sido dos países que, con sus naturales diferencias, siempre ha existido el propósito de configurar una estructura económica y política común, como se dio durante la Colonia y las primeras décadas republicanas. Diferencias y roces siempre han estado presentes, sobretodo en momentos como el actual en que, en los dos países las políticas y los grupos en el poder, han sido diferentes; diferencias que se respetaron lo que ha permitido la convivencia. Hoy el ambiente está enrarecido, por falta de discutir las diferencias respetando las respectivas posiciones políticas, de unos y otros, enormemente ideologizadas. El uno, por tener un discurso supuestamente de izquierda, Petro, y el otro, Noboa, con su política de gobierno fuerte, inclusive autoritario, donde la presencia norteamericana y la militarización de la acción estatal, juegan un papel importante.
Hoy se requiere una política clara y realista, basada en el ejercicio sereno y democrático de la autoridad, algo que, por razones diferentes, no hacen ni Petro ni Noboa. El problema de violencia y de corrupción que se vive a lo largo de la frontera común, con débil presencia estatal, compete a los dos gobiernos; pero Petro con su confusión y su embeleco de la paz total y Noboa con su autoritarismo y sus pataletas autoritarias, hacen que la situación no se resuelva y se agrave, con el beneplácito de carteles de la droga y de diferentes formas delincuenciales, con un poder sin limitaciones, que están por encima de los dos gobiernos. El punto es que la pelea no es entre ellos, sino con un enemigo común, el verdadero enemigo, el narcotráfico internacional y sus actores criminales, igualmente internacionales que aprovechan su organización y poder para desarrollar diferentes actividades criminales enormemente rentables, en minería y en la explotación arrasadora de los recursos de su biodiversidad. La pelea no es entre los gobiernos sino contra las organizaciones criminales, que deben abordar coordinadamente, pue estas felices con la pelea entre ellos, mientras avanzan sin control, en sus actividades criminales.

