TLC: revisión, renegociación, aprovechamiento o denuncia. No todas las palabras son lo mismo

Enrique Daza Gamba

4 de septiembre de 2023

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A Colombia no le conviene el TLC con Estados Unidos, pero eso no significa que no le convenga comerciar con él. ¿Se puede comerciar con EE. UU. sin TLC? Claro que sí.

 

A más de una década de la entrada en vigencia del TLC, los resultados son claros: pasamos de superávit comercial a un enorme déficit; seguimos exportando básicamente el mismo tipo de productos; perdimos la capacidad de alimentar a la población con los productos de nuestra tierra.

 

Este Tratado fue producto de enormes presiones por parte del gobierno estadounidense y de una humillante docilidad del colombiano.

 

Colombia tuvo antes del TLC y desde 1991 la Ley de Preferencias Arancelarias Andinas y la Erradicación de Drogas, ATPDEA, que buscaba compensar mediante rebajas arancelarias los sacrificios que los gobiernos andinos hacían en materia de lucha contra el narcotráfico.

 

Con la amenaza de que estas preferencias serían eliminadas, se forzó la suscripción del TLC para que los productos que se exportaban baja el ATPDEA pudieran seguir ingresando sin aranceles al mercado estadounidense. Lo nuevo es que EEUU reclamaba para sí el mismo tipo de rebajas que otorgaba a Colombia, pero además exigía concesiones en todos los terrenos de la vida social y económica, aduciendo que con ello lograría una igualdad de condiciones entre ambos países, igualdad que nunca ha existido, pues durante un siglo, desde 1903, con Panamá, la posición de Colombia fue ser subalterna y víctima del saqueo estadounidense. Reglas iguales para actores tan desiguales solo beneficiaron al más fuerte y contradicen los preceptos de la OMC sobre la necesidad de un tratamiento diferencial hacia las economías más débiles.

 

La retórica estadounidense fue que, en lugar de preferencias parciales y temporales, el TLC permitiría un acceso estable y duradero a su mercado. El costo de este acceso fue muy alto, pues Estados Unidos dispone de una oferta exportable infinitamente superior a la colombiana. Washington exigía además hacer decenas de concesiones en áreas no comerciales como propiedad intelectual, contratación pública, inversión y muchas otras.

 

Al final el resultado fue el esperado por Estados Unidos y no por los colombianos, que seguimos exportando lo mismo que exportábamos antes del Tratado, con un minúsculo avance en materia de exportaciones no tradicionales. Es un precio demasiado oneroso para exportar lo que tradicionalmente exportábamos a ese país. Muchos de esos bienes se hubieran podido exportar sin necesidad del Tratado, como sucede con el café y con los productos minero-energéticos.

 

Con el TLC no se multiplicaron las exportaciones ni en volumen ni en variedad, pero sí se cedió soberanía, la capacidad del Estado de promover la producción, la autosuficiencia alimentaria y la posibilidad de moldear el desarrollo conforme a las necesidades nacionales.

 

Se permitió que el comportamiento económico dependiera de los vaivenes del mercado mundial, de los intereses de los inversionistas extranjeros y de los nichos que los grandes capitales colombianos lograran en medio de nuestro secular subdesarrollo.

 

¿Se puede comerciar con Estados Unidos sin TLC? Claro que sí. Esta potencia tiene apenas catorce tratados de libre comercio: con Bahréin, Chile, Colombia, Israel, Jordania, Corea del Sur, Marruecos, Omán, Panamá, Perú y Singapur, México y Canadá. El resto de los 193 países de la ONU comercian sin TLC con dicha potencia. Durante el gobierno de Biden no se ha iniciado la negociación de ningún nuevo tratado y el último que suscribió Estados Unidos lo hizo con Corea del Sur en 2014, hace nueve años.

 

Renegociar el TLC significa poner sobre la mesa el interés nacional, antes pisoteado no solo por EEUU sino también por los negociadores colombianos, y acordar reglas comerciales y de relación económica equitativas.

 

Revisar el TLC dentro del marco de lo acordado significa utilizar los mecanismos definidos en el propio Tratado, en concreto la Comisión Administradora, la cual tiene facultades limitadísimas. Excluye el análisis de la mayor parte de los capítulos y la revisión de los aranceles, que se permite solo para acelerar su disminución. Crear la expectativa de que dentro de estas estipulaciones es posible una modificación sustancial es un engaño. Y cambiar las funciones y el alcance de la Comisión Administradora del Tratado equivale a una renegociación.

 

La propuesta del gobierno de que la solución es aprovechar el TLC envía el mensaje de que el Tratado es bueno y que la responsabilidad de sus efectos negativos recae en las empresas y personas que no aprovechan sus ventajas.

 

Los que más se preocupan por un replanteamiento de fondo del TLC se limitan a defender las exportaciones de café, banano, flores y aguacate, las cuales, si bien son importantes, no bastan para resolver el atraso de la economía nacional. Limitan las posibilidades exportadoras a unos cuantos productos básicos de los cuales depende hace más de un siglo el comercio exterior, aun renunciando al fomento industrial y a la promoción de exportaciones con valor agregado.

 

Hay que ir entonces más allá, con decisión, porque el TLC con Estados Unidos opone una barrera al desarrollo de la producción nacional en la industria y el agro.

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