Petro en la ONU: cinco verdades perdidas en una maleza populista

Juan Manuel Ospina

24 de octubre de 2022

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El Presidente recordó cuatro verdades conocidas y que el mundo, los países poderosos más allá de su ideología, suelen olvidar: que mientras haya una demanda fuerte por las drogas, habrá quien las produzca y que la responsabilidad del crecimiento del negocio es de los consumidores, como lo enseña el abc del mercado; este no juzga la demanda, simplemente la abastece, y entre más trabas le pongan los gobiernos al abastecimiento, mayor será su precio de venta y más rentable el negocio. Segunda verdad que se desprende lógicamente de la anterior, es que es falso y tendencioso poner a los países productores y a sus campesinos como únicos responsables y beneficiarios del negocio, y a los consumidores como las víctimas inocentes de unos malos que los quieren envenenar y hacerse ricos a costa de ellos, como los describía Trump.

 La tercera verdad recordada por Petro  es el fracaso inapelable  de la  guerra contra las drogas que Norte América  impuso en el último medio siglo – desde Nixon y la disparada de la drogadicción en Estados Unidos impulsada por la crisis que en ese país generó otro fracaso mayor, la guerra de Viet nam –, con un costo enorme para Colombia pues su flamante resultado fue la narcotización de la vida del país y de su economía, medido en violencia y muerte, en destrucción  ambiental y corrupción desenfrenada,  en deslegitimación del Estado y distorsión de las prioridades del gasto público con la  preponderancia del  militar en detrimento del social; en distorsión de la agenda nacional y caricaturización de la percepción de Colombia en el mundo. Son múltiples las voces que desde muy diferentes orillas ideológicas y aún políticas, se han levantado para condenar esa guerra inútil y destructiva, y para reclamar una aproximación realista a una circunstancia humana, casi tan vieja como la humanidad, el consumo de psicoactivos para evadirse temporalmente de la realidad y explorar otras dimensiones de la conciencia, por curiosidad o por lo que sea; comportamiento que existió en la Antigüedad, que existe hoy en Occidente y en Oriente, entre sociedades modernas y tradicionales, ligada o no a rituales, pero consumo al fin y al cabo.

La cuarta verdad recordada por Petro en la Asamblea de Naciones Unidas es la relación directa entre la destrucción del ecosistema amazónico y los narcocultivos, especialmente de coca. No que sea esta la única causa de esa tragedia natural que alimenta  una crisis climática en trance de convertirse en catastrófica para la vida en el planeta como hoy la conocemos, pero  es bien importante porque su siembra implica derribar selva irremplazable en el ecosistema mundial, a la cual sucede luego la fumigación de esos cultivos que  solo los destruye temporalmente porque son rápidamente resembrados en otro lugar selvático,  mientras  exista una demanda solvente por “el polvo mágico” y organizaciones criminales internacionales que lo suministren; para completar el absurdo, su fumigación destruye la vida vegetal y animal en extensos territorios, envenena las aguas,  y constituye  una agresión mortífera y generalizada a la vida, finalmente a nuestras vidas.

Añadiría una quinta verdad, la social, pues  los efectos de esta guerra no  solo no afectan sino que  antes bien pueden favorecer a los eslabones narcotraficantes de la cadena; ataca al campesino directamente, mientras que los narco y sus organizaciones salen económicamente fortalecidos y el negocio sigue viento en popa; obvio que en el cultivo no todos son  sembradores para ganarse el sustento en medio de privaciones y riesgos sin nombre, pero son mayoría y cambiar de actividad les puede costar la vida,  mientras que el Estado fumigador es torpe por decir lo menos, para brindarles una alternativa que sustituya al cultivo maldito,  al ofrecerles como alternativa, unos programas diseñados a espaldas de la realidad de territorios donde hasta ahora solo la coca ha sido exitosa. En esto como en muchos casos, lo sabio es escuchar a esos campesinos portadores de la sabiduría de su experiencia, y no a la pedantería del experto de escritorio.

Lástima que esas verdades las envolvió Petro en un discurso altisonante, lleno de generalidades y de una retahíla de bravuconadas de caudillo tropical, que nada le aportaron al mensaje y por el contrario, desviaron la atención de lo importante. Un discurso vanidoso y ruidoso en su forma y empaque, con poco o ningún impacto en su auditorio internacional.    

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