En 2024 continuará la guerra de Ucrania, pero con malas noticias para la OTAN

Estados Unidos y el Reino Unido no lograron su propósito de colapsar a Rusia, que ha crecido económicamente y está cerca de una victoria decisiva sobre la OTAN

Por Enrique Daza Gamba
09 de enero de 2024

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Enrique Daza Ucrania

La guerra de la OTAN contra Rusia en territorio ucraniano ha llegado a un punto de inflexión y la victoria rusa parece inevitable, así dure en concretarse unos cuantos meses o años.

 

Esta guerra fue cuidadosamente preparada por los países occidentales y en su última fase, que comenzó en 2014, fue el resultado de un esfuerzo de incorporar a Ucrania a la OTAN.

 

En 2014 un golpe de Estado desembocó en una guerra civil entre los partidarios de acercarse a Occidente y quienes preferían una relación estrecha con Rusia.

 

La guerra civil intentó ser conjurada mediante los Acuerdos de Minsk 2015, con los cuales se acordó una solución negociada entre los rebeldes prorrusos, principalmente ubicados en la región del Dombás, y el gobierno central ucraniano. Los acuerdos establecían que las negociaciones buscarían un mayor grado de autonomía de las provincias prorrusas, pero dentro del marco del Estado ucraniano, y que se haría efectivo un cese del fuego, entre otros puntos.

 

Como lo confesó posteriormente Ángela Merkel, Occidente patrocinó los dos Acuerdos buscando ganar tiempo a fin de proceder a armar a Ucrania, reprimir a la población del Dombás y fortalecer al ejército de Ucrania para enfrentar a Rusia y acercarlo a la OTAN. La continuidad de la ofensiva gubernamental sobre la población rebelde, que ocasionó más de 16.000 muertos entre 2014 y 2022, y los esfuerzos de integrar a Ucrania a la OTAN provocaron la intervención rusa.

 

No fue un fenómeno nuevo e imprevisto. Desde la caída de la Unión Soviética, la OTAN se había expandido sistemáticamente hacia el Este, violando los compromisos contraídos con Gorbachov cuando este accedió a facilitar la reunificación de Alemania.

 

Ucrania, el Estado más grande de Europa, con una fuerte base industrial y potencial agrario que la llevó a ser considerada “el granero de Europa”, era el último obstáculo para tender el cerco contra Rusia, el país más grande de las quince repúblicas que resultaron de la división de la Unión Soviética en 1991.

 

Quien en últimas está moviendo los hilos es Estados Unidos. En todas sus definiciones oficiales sobre seguridad nacional, especialmente en la última década, ha calificado a Rusia como un enemigo existencial, y el gobierno de Biden, si bien no la considera un adversario global, sí lo ve como una amenaza regional. Los ideólogos de todas las tendencias dentro del establecimiento discuten cuál sería la mejor forma de debilitarla e incluso de balcanizarla. A la cabeza de la OTAN, Estados Unidos calculó una guerra rápida y un estrangulamiento económico por medio de miles de sanciones tanto al gobierno como a las empresas rusas. Congeló además reservas rusas en bancos occidentales por USD 300.000 millones.

 

Putin promovió referendos en las regiones ocupadas, en las cuales ganó por amplia mayoría la propuesta de una anexión a la Federación Rusa, tal como ya había ocurrido con Crimea en 2014. Todas las regiones que se pronunciaron en ese sentido eran de habla rusa e históricamente asociadas no solo a la Unión Soviética sino a la misma Rusia.

 

A pesar de que Estados Unidos y Europa Occidental le han suministrado a Ucrania, entre ayuda militar y asistencia económica, una suma que bordea los US $ 300 mil millones, un monto superior al PIB de Ucrania y casi tres veces el gasto militar de la Federación Rusa, sobre el terreno la situación no ha sido favorable para el régimen de Zelensky.

 

El conjunto de la OTAN ha estado suministrando asesoría en inteligencia y armamento para las operaciones militares ucranianas, pero aun así, los iniciales 300.000 soldados con los que contaba el ejército de ese país han sido diezmados.

 

No hay datos exactos sobre la cantidad de muertos, pero se estima que pueden haber sido hasta el momento unos 500.000. En noviembre, Estados Unidos reconocía que podían ser 240.000 en total, pero diversas fuentes indican que las ucranianas parecen ser sensiblemente mayores, hasta el punto de que Zelensky ha recurrido a nuevos reclutamientos y a la incorporación de miles de mercenarios. Con todo, no ha tenido la capacidad de recuperar ninguno de los territorios que perdió a manos rusas.

 

Rusia ha demostrado su superioridad militar no solo en número sino en tecnología, a pesar de que no ha desplegado toda su capacidad.

 

En los medios occidentales se refleja un cansancio de Occidente y el propósito de disminuir o incluso cesar el apoyo a Zelensky.

 

Para Estados Unidos, la guerra forma parte del intento de prevenir un adversario que desafíe su hegemonía mundial, con los ojos puestos en China. Y ha sacado de la guerra grandes ganancias. La potencia del Norte ha fortalecido la OTAN con la incorporación de nuevos miembros como Suecia y Finlandia, ha hecho ingentes ventas de material militar con jugosos réditos, logró monopolizar el mercado europeo del gas licuado arrebatándoselo a Rusia y alineó a varios países antes próximos a Rusia en la campaña contra Moscú. También ha debilitado enormemente a Europa, la cual ha tenido que aumentar su presupuesto militar, encarecer sus compras de combustibles y sufrir una crisis política creciente. Y finalmente, como resulta obvio, ha conseguido debilitar a Rusia.

 

El propósito guerrerista de Estados Unidos y la Gran Bretaña se puso de relieve recientemente, porque la opinión pública supo que en marzo de 2022 Rusia y Ucrania habían llegado a un acuerdo de paz, pero la intervención personal de Boris Johnson retiró a Kiev de las negociaciones y la comprometió a dar continuidad a la guerra, prometiéndole tanta ayuda militar cuanto fuera necesaria para derrotar a Rusia.

 

Sin embargo, estos éxitos iniciales no les han permitido a Washington y a Londres conseguir el fin propuesto de hacer colapsar a Rusia, la cual ha crecido económicamente y está al borde de una victoria decisiva sobre el conjunto de la OTAN.

 

A pesar de los deseos occidentales, Rusia no cayó en el aislamiento y va a presidir los BRIC desde 2024. Podría incluso afirmarse que cuenta con el apoyo del Sur Global y por lo menos con una neutralidad amable de países de indiscutible importancia como Turquía.

 

Desde el primer día e incluso desde hace años, Rusia ha señalado que su objetivo es impedir que el alineamiento de Ucrania con la OTAN se convierta en una amenaza vital para su país. De ahí que su primera exigencia fuera la neutralidad de Ucrania. No se ha propuesto extender ni su influencia ni la guerra a los países de la OTAN. Ha señalado que no busca una guerra con Occidente, pero ha edificado todo un entramado de alianzas cuyo eje es un acuerdo con China, pero también con Irán y Corea del Norte, entre otros, alianza que, por lo menos, está en capacidad de paralizar las ambiciones estadounidenses.

 

Estados Unidos está fracasando en su propósito de destruir a Rusia, pero los platos rotos los pagará Europa, que ahora está hablando de que suministrará a Ucrania, no ya tanta ayuda como sea necesaria, sino tanta como sea posible.

 

Estados Unidos enfrenta este año una campaña por la presidencia en la cual el tema de Ucrania juega un papel importante, porque una derrota militar puede costarle a Biden la reelección.

 

El problema de Estados Unidos es que, aun siendo la única superpotencia de alcance global, lo cual le permite involucrarse en operaciones militares en todo el planeta, tal como ya lo está haciendo en el mar de China Meridional, el mar Rojo y el Medio Oriente, obsesionado en mantener a toda costa su hegemonía, todos los días se pone en duda el mito de su invencibilidad. Infinidad de hechos indican además que su desesperado activismo militar da señales de ineficacia.

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