Juan Manuel Ospina, en su columna "Regiones y desarrollo", publicada en El Espectador el 20 de agosto de 2026, sostiene que el presidente Abelardo busca romper el esquema centralista que persiste en la práctica colombiana. El dirigente afirma que ese propósito cuenta con el respaldo de la mayoría de los colombianos y responde a lo establecido en la Constitución de 1991, que define un estado central construido a partir de las regiones que lo conforman, con sus particularidades y necesidades propias. Aclara que se trata de su lectura personal del rumbo que podría tomar el nuevo gobierno, no de un balance ya confirmado.
Ospina explica que la organización del Estado, según la Constitución, exige fortalecer la presencia y la acción estatal en las regiones. Argumenta que esa condición permite que los recursos limitados, tanto nacionales como regionales, mejoren las condiciones y la calidad de vida de la población que habita territorios con necesidades concretas. Señala que los territorios son el espacio donde deben coordinarse los esfuerzos del sector privado, las iniciativas de las comunidades y sus organizaciones, y los gobiernos territoriales con sus políticas y recursos propios. Precisa que el papel del Estado, en ese esquema, es facilitar y complementar las iniciativas empresariales y ciudadanas que ya se plantean y desarrollan en cada territorio, no sustituirlas. Recuerda que ese fortalecimiento regional es la expresión política ordenada por la Carta, y considera que sin esa condición los recursos limitados del Estado nacional y de los entes territoriales difícilmente logran mejorar la vida de la población en cada lugar concreto.
El dirigente sostiene que compartir objetivos y unir recursos públicos y privados, nacionales y regionales, es el camino hacia un desarrollo integral que genere riqueza y bienestar, con respeto a los derechos de las personas y de la naturaleza. Plantea que la relación con el entorno natural debe basarse en la complementación, sin caer en la explotación sin límite, e insiste en que ese equilibrio corresponde a una dimensión nueva del desarrollo, con una perspectiva histórica y no coyuntural. Subraya que el desarrollo, en ese sentido amplio, abarca la calidad de vida y el respeto por el entorno, más allá de la dimensión estrictamente económica.
Ospina advierte que el rumbo que parece trazar el gobierno cuenta con respaldo político, porque los sectores que representan a las regiones ven en él posibilidades concretas para sus electores. Argumenta que Bogotá debe entender la realidad nacional y adaptarse a ella, conservando su condición de capital pero sin convertir ese estatus en fuente de privilegios. Propone que la capital ejerza un liderazgo de convocatoria en nombre de todas las regiones del país, un liderazgo que resalte lo que une al conjunto nacional y que se apoye en un rumbo común, capaz de albergar los objetivos regionales específicos sin desplazar al objetivo nacional.
El dirigente concluye que los objetivos regionales deben complementarse con el objetivo nacional, sin pretender ignorarlo, porque hacerlo traería pérdidas y no ganancias para quien lo intente. Con esa idea cierra su columna, presentada como una expectativa sobre el perfil que podría asumir la nueva administración, y no como un hecho ya definido.




